De cómo pasé a tener una sonrisa perfecta

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Ya sabemos que la adolescencia es una época muy complicada. Es ese momento en el que te sientes solo en la vida. Incomprendido y donde nadie te escucha. Y lo peor es cuando comienzas a abrirte a las relaciones sociales. Ya sabemos que los chavales y chavalas entre 12-18 años son muy crueles. Los defectos físicos siempre son los que marcan el presente y, sobre todo, el futuro. Por eso, la historia que os quiero yo contar es cómo por culpa de una mala dentadura, los años de adolescencia se pueden convertir en todo un infierno.
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Ya sabemos que la adolescencia es una época muy complicada. Es ese momento en el que te sientes solo en la vida. Incomprendido y donde nadie te escucha. Y lo peor es cuando comienzas a abrirte a las relaciones sociales. Ya sabemos que los chavales y chavalas entre 12-18 años son muy crueles. Los defectos físicos siempre son los que marcan el presente y, sobre todo, el futuro. Por eso, la historia que os quiero yo contar es cómo por culpa de una mala dentadura, los años de adolescencia se pueden convertir en todo un infierno.

Ya sabemos que la adolescencia es una época muy complicada. Es ese momento en el que te sientes solo en la vida. Incomprendido y donde nadie te escucha. Y lo peor es cuando comienzas a abrirte a las relaciones sociales. Ya sabemos que los chavales y chavalas entre 12-18 años son muy crueles. Los defectos físicos siempre son los que marcan el presente y, sobre todo, el futuro. Por eso, la historia que os quiero yo contar es cómo por culpa de una mala dentadura, los años de adolescencia se pueden convertir en todo un infierno.

Quizás porque era el sexto de los hermanos, mis padres no se pudieron ocupar de mí como yo hubiera querido. Demasiados gastos en una familia de nivel de vida medio-baja. De esas que heredabas la ropa de tus hermanos mayores y donde todos los lujos era irnos un mes de vacaciones al pueblo. Aquí no se celebraban casas rurales, cumpleaños o días de la Madre. Y uno de los problemas fue que mis padres nunca se preocuparon de mi salud bucodental.

Ahora eso ya no pasa. Son muchos los padres que acuden desde edades muy tempranas a los dentistas. Ahoya da gusto ver las dentaduras de los adolescentes. En mi caso no fue así. Aunque pueda sonar fuerte, mi primera visita al dentista no fue hasta que tuve 18 años. Sí, a la misma edad que pude votar, fue cuando me senté por primera vez en el sillón de un dentista. Y ese día lo recuerdo como uno de los peores de mi vida.

Y conoces a una chica…

Había conocido a una chica y decidí hacerme una limpieza de boca. Era el momento de quitarme años y años de sarro, pero también de bacterias. Se puede decir que la solución fue peor que el remedio. Me realizaron una limpieza y al quitarme todo el sarro, se comprobó como se había comido el hueso. EL resultado fue que las piezas dentales se me quedaron moviendo, con huecos entre ellos y con una más que posible gengivitis.

Los dentistas me lo dejaron bien claro. Tantos años de dejadez, había provocado que el sarro se comiera el hueso. Ahora la solución era realizar implantes dentales. Como puedes comprender, las ilusiones que me hice con aquella chica se difuminaron. Me sentía muy mal, sin ganas de salir. Es más, incluso no podía comer bien porque al mínimo esfuerzo, temía quedarme sin las piezas dentales que habían sobrevivido.

Fueron meses muy duros, donde apenas me atrevía a salir a la calle. La verdad es que es duro para un chico de 18 años verse sin apenas piezas dentales. Por lo tanto, decidí ponerme en manos de profesionales. Acudí a la Clínica Dental Galván Lobo, en Valladolid, donde me trasmitieron tranquilidad. Como me comentaron, mi boca se merecía una segunda oportunidad. De esta forma, gracias a la implantología dental logré mejorar mi sonrisa. Se trata de un método fiable y seguro con el que se reponen dientes perdidos o ausentes, mejorando la capacidad funcional y estética de la boca.

En mi caso fue mediante la planificación digital 3D, ya que se define la mejor posición de los implantes, para que se pueda disfrutar del día a día sin complejos ni impedimentos. Aunque en algunos casos se puede colocar el implante el mismo día de la extracción del diente, e incluso los dientes el mismo día que se colocan los implantes. En mi caso, y es lo más habitual, me colocaron los implantes y tuve que esperar un tiempo para que el hueso hubiera cicatrizado y el implante estuviera osteointegrado y poder utilizarlos. Como puedes ver,  todo dependerá de las características de cada caso y los condicionantes de cada paciente.

La vida da segundas oportunidades

Por suerte todo salió bien. Gracias a los implantes, recuperé las piezas dentales que me faltaban, y de ese momento comencé a sonreír siempre que podía. Incluso perdí el miedo a morder con fuerza un bocadillo. En este caso, el tren volvió a pasar por mi puerta y lo cogí. Y sabéis cuál fue lo más increíble. Que aquella chica a la que pedí salir cuando se me cayeron las piezas, aún estaba soltera. Gracias a Facebook contacté con ella, y hoy en día…es mu mujer. Está claro que la sonrisa va por barrios.

La moraleja que nos deja esta historia es que la salud bucodental hay que mantenerla y cuidarla desde primeros años. Si tienes hijos, lo mejor es que le inculques una serie de valores y hábitos. Yo, si tengo algo que reprochar a mis padres, es esto. Que no me hicieran ver la importancia de una buena dentadura. Afortunadamente, llegue a tiempo.

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